EL HOMBRE Y LA PIEDRA / Alegoría

Por Juan Carlos Poó Arenas / Martes 27 de septiembre 2016.

alberto-saucedo-colage-1-baja

alberto-saucedo-tlalocMiraba una de las fotografías de mi amigo Alberto Saucedo – formidable atleta, extraordinario fisicoculturista y talentoso escultor-  quien se encontraba realizando una postura frontal de doble bíceps junto al monolito de Tlaloc, cuando de repente me surgió la idea de escribir esta alegoría.

Sé que hoy en día son casi tan pocos los que  acostumbran leer más de 50 palabras juntas como los  que aprecian el arte en una escultura. Así que para esos pocos dedico este escrito esperando lo disfruten –o lo destrocen-, sacando en ambos casos beneficio a sus palabras y alguna conclusión fructífera para sus vidas;  y desde luego lo dedico con gran afecto para mi amigo BETLOC …El último guerrero de Iztapaluca. Defensor de Mexi. ¡¡¡Terror de TRUMP.!!!!!!


EL HOMBRE Y LA PIEDRA

Juan Carlos Poó Arenas

Caminaba un hombre en busca del sentido de su vida. Durante días, meses y años, se internó por estrechos senderos. Escaló altas y escarpadas montañas. Cruzó violentos y agitados ríos y se internó en la profundidad de los misteriosos y peligrosos mares. Pero no lograba encontrar significado a su existencia. Tal vez si acaso  sofocaba su ansiedad descubriendo a través de sus sentidos respuestas a preguntas no emitidas; pero no lograba encontrar lo que con tanto anhelo buscaba: el sentido de su propia existencia.

Un día, cansado de tanto inútil deambular, se sentó en un acantilado dispuesto a saltar pensando que así podría concluir con su miserable nada y su obsesiva e infructuosa búsqueda.

Miró hacia todos lados, como revisando por última vez el mundo que habitaba pero al  que jamás sintió que pertenecía. De pronto, en un momento y por una fracción de segundo, algo diminuto en la distancia llamó su atención. Esa fracción de segundo, sin quererlo, salvó su vida. De inmediato se incorporó y descendió lo más rápido que pudo para acercarse a ese inquietante objeto, y cuando pisó tierra firme, corrió velozmente, y siguió corriendo sin descansar y sin importar que sus callosos pies descalzos se llagaran y sangraran con la aspereza del terreno.  Cuando por fin comenzó a acercarse, disminuyó la velocidad asombrado por su descubrimiento. Fue entonces que se encontró frente a un enorme monolito que  le quintuplicaba en tamaño. Sin saber por qué, el hombre se sintió intimidado… y se arrodilló ante la majestuosidad de algo que no podía comprender.

La roca era tan sólida que ni el viento milenario ni la lluvia erosionante la habían podido desgastar, y se erguía dominante sobre una vasta llanura.

El hombre la miraba embelesado y al momento de sobreponerse, se atrevió a tocarla, sintiendo su firme dureza  impenetrable. La admiración del hombre creció entonces, deseando ser como esa sólida e inmaculada estructura. Fue así, que el hombre sintió haber encontrado significado y se dispuso a convertirse en roca.

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Autorretrato / Juan Carlos Poó Arenas.

Día con día, el hombre ejercitaba su cuerpo sometiéndolo a extremas tareas para endurecer la musculatura que un día se convertiría en piedra. Cada mañana y cada noche, el hombre reverenciaba y se arrodillaba ante la imponente figura amorfa del monolito, y lo honraba durante el resto del día para recibir sus favores, encomendando cada una de sus acciones para evitar la fragilidad y convertirse en poder. Fue así como el hombre comenzó a esculpir su propio y frágil cuerpo para convertirlo en piedra.

Sin embargo, el trabajo del hombre para convertirse en piedra era infructuoso y a pesar de sus múltiples esfuerzos, seguía siendo de carne. Fue entonces cuando el hombre se puso a llorar.

Al ver esto, el monolito habló por primera vez:

¿Por qué lloras? ̶  preguntó al hombre

¿Acaso no te das cuenta? ̶  respondió el hombre. ̶  Todo esfuerzo por ser como tú es inútil. Como inútil es mi existencia repleta de fragilidad y sencillez.  He recorrido mil caminos y he estado frente a la muerte cada vez. Mi cuerpo es frágil y perecedero, destinado a la extinción. Mientras el tuyo, es poderoso y permanente. ¿No te das cuenta? Yo no soy nadie siendo así. Solo una sombra perdida en un universo de contrastes y pequeñeces. En cambio tú, dominas el tiempo y jamás te doblegas ante él. Y con el tiempo te asumes como amo y señor del conocimiento pues observas todo lo que sucede sin ser tocado ni lastimado. Y yo, por más que me esfuerce, jamás podré ser como tú, porque solo soy un hombre de carne y hueso efímeros. Y tú, eres roca de firmeza universal.

Pero no tengo corazón  ̶  respondió la roca.

¿Y de qué te serviría?  ̶  preguntó el hombre  ̶. Solo contaría las horas de tu existencia en esta fragilidad de inmundicia.

El corazón me serviría para vivir. Y la vida me serviría para respirar. Y el aire en mi interior me daría el impulso suficiente para buscar el sentido de mi existencia  porque como ves, a diferencia tuya, soy un ser  auto inmutable. No puedo cambiar, como tú, por el solo hecho de proponérmelo. Y no es mi firmeza ni dureza  que lo impiden. Es mi propia esencia  ̶  dijo la roca  ̶ .  ¡Si tan solo tuviera un corazón!  ̶  concluyó.

El escuchar eso, el hombre se sintió liberado. Mil cadenas  escuchó romperse dentro de su mente, y comprendió exactamente su verdadero poder, que se encontraba de manera precisa en su fragilidad. Y después de años de oscurantismo, también comprendió el sentido de su existencia, que anidaba en la búsqueda, no en el encuentro, asumiendo con que de lo contrario, al llegar al fin de su búsqueda, ¿qué sentido tendría entonces su existencia?

Así, un pequeño y  pasajero instante de sabiduría fue más poderoso que decenas de años de búsqueda. Pero sin esos años, no habría habido ese instante.

Así pues, el hombre, conmovido por las palabras de la roca, fabricó una herramienta de metal más poderosa que el granito y comenzó a golpear una y otra vez el monolito.

¿Qué haces?  ̶  preguntó la piedra al hombre.

Te estoy haciendo un corazón  ̶  respondió el hombre a la piedra.

Y fue así que al nacer la escultura, el hombre resurgió encontrando su sentido al dar sentido a lo demás.

El verdadero poder no radica en nuestra fortaleza, sino en nuestra fragilidad.

Lo fuerte no necesariamente es poderoso y lo frágil no necesariamente es débil.

La transformación del hombre es significado de su verdad. Pero el hombre que transforma, da verdad a ese significado.

Juan Carlos Poó Arenas.

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