Diego y los Tres Gatitos.

Por Juan Carlos Poó / Agosto de 2013

El pasado sábado fue Día del Niño. Y como todos los años, me permito compartir uno de los escritos dedicados a mi pequeño hijo, cada vez más grande en todos los sentidos. La mayoría de ustedes seguramente no lo leerá pensando que es una simple anécdota familiar de interés propio y no colectivo. Sin embargo, a quien esté dispuesto a dedicar su valioso tiempo para la lectura de una cuartilla, le prometo que encontrará en este breve texto una pequeña pepita de oro para su enriquecimiento personal, que podrá utilizar como moneda de cambio en momentos cruciales de su vida. Siempre con mi afectuoso saludo. Juan Carlos Poó Arenas.


 Diego tenía cinco años y jamás desaprovechaba una oportunidad para divertirse, así que cuando sus papás le dijeron que se alistara porque lo llevarían al parque, saltó feliz de la cama y comenzó a preparar todas las cosas que llevaría en su pequeña maleta: Una pelota de beisbol, un bat, una manopla, una pelota de futbol, una cuerda para saltar, una cantimplora, su dinosaurio favorito y una gran cantidad de estampas para intercambiarlas por si conocía a un chico tan aficionado a estas como él. Por supuesto, no podría faltar su bicicleta nueva de cuatro ruedas, pero el encargado de cargarla sería, como siempre, papá.

Así, el pequeño Diego ya vestido con un pantalón corto, una playera de rayas y su inseparable cachucha , corrió con sus padres y emocionado les dijo:

─¡Estoy listo!

Cuando llegaron al parque, había una gran algarabía. Niños y niñas retozando y corriendo por todos lados. Los juegos estaban repletos de ellos.

Diego corrió entusiasmado para unirse al grupo de pequeños, pero a mitad del camino, detuvo su carrera para dirigirse hacia una caja que yacía en el rincón del parque destinado para la basura y de la cual había surgido un extraño ruido que llamó su atención. Al llegar a la caja, soltó su maleta y gritó con su estruendosa voz agitada:

─¡Papá, mamá, vengan rápido!

El papá de Diego fue el primero en llegar a la escena, mientras mamá tuvo que cargar a regañadientes la bicicleta.

─¡Son tres gatitos! ─exclamó la mamá de Diego─. Pobrecitos, ¿quién será tan malo como para haberlos abandonado aquí?

Papá se quedó callado mientras movía la cabeza de un lado a otro desaprobando el abandono de tan indefensas criaturas. ─¡No es posible que haya personas tan insensibles!  ─recalcó.

─¿Nos los podemos llevar ─preguntó Diego lleno de ternura y compasión.

Papá y mamá se miraron, y antes de que alguno dijera una palabra Diego insistió:

─Por favor. Son pequeños. No los podemos dejar aquí. Se pueden morir. Se los puede comer una rata o los puede lastimar un perro. Está por llover. Hay mucho sol. No tienen agua, ni comida. Puede temblar. Tienen frío. ¡Por favor!

─Ya tenemos muchos animales en casa hijo ─explicó papá─. Pero tienes razón, no los podemos dejar aquí. Nosotros somos buenas personas. Pero aunque los llevemos no podemos quedarnos con ellos. Tenemos que colocarlos en buenas manos. Debemos ofrecerlos en adopción. ¿Por qué no intentas con tus amigos los niños del parque? ─preguntó el papá a Diego.

Para entonces y después de escuchar los gritos de Diego, la caja se encontraba rodeada por muchos niños que curiosos también acudieron al llamado. Pero ninguno se atrevía a tocarlos amedrentados por los temores y los miedos infundidos por los propios padres que estaban junto a ellos. ─¡No lo toques, puede estar enfermo! ─decía uno─. ¡Te puede morder! ─decía otra─. ¡Pueden tener pulgas! ─decía una tercera madre. ─¡Qué lindos!, están muy pequeños, pobrecillos, pero no podemos hacer nada por ellos. Vámonos ─dijo otra mamá.

Todos estaban ahí, todos se compadecían, pero ninguno de los padres hacía nada por los tres gatitos, excepto prohibir a sus hijos tocarlos.

Decidido a encontrarles una familia, Diego tomó a los tres gatitos en brazos y en lugar de jugar en el parque como era su ilusión, pasó horas y horas acercándose a las personas para mostrar a los tres gatitos y demostrar que eran inofensivos. Sin embargo, y aunque la mayoría se compadecían por su abandono, nadie quiso encargarse de uno solo de ellos.

Comenzó a llover y los padres y los niños se fueron retirando del parque. Al final, el único que quedaba era Diego con los tres gatitos, quien sentado en una banquita, los fue colocando con gran cariño dentro de la caja al tiempo que les decía:

─No se preocupen, yo no los voy a abandonar.

Papá tomó cariñosamente a Diego del hombro y le dijo:

─Hiciste un buen trabajo hijo.

─Sí ─dijo Diego─, pero al final nadie los quiso.

─Los quieres tú ─dijo mamá─, y eso es lo único que cuenta. Ya vámonos porque nos estamos mojando.

─Pero no voy a dejar a Rayas, ni a Manchas ni a Gary aquí solitos ─dijo Diego quien se había tomado el tiempo también para seleccionar sus nombres de acuerdo a sus características y personalidad.

─Por supuesto que no -─dijo papá─. No vamos a abandonar a nadie. Nos los vamos a llevar.

En ese momento, al oír los nombres de los tres gatitos en boca de Diego, papá y mamá supieron que Rayas, Manchas y Gary serían tres miembros nuevos de la familia y formarían parte de ella por el resto de sus vidas.

─¿Por qué existe gente sin sentimientos que abandona a los animales? –preguntó Diego a sus papás de camino a casa, con los tres gatitos entre sus piernas.

─Porque en el mundo también existe gente buena, responsable y con grandes sentimientos como tú, que nunca los abandonará. La gente mala existe para que las personas buenas descubran sus propios grandes valores. Es cuestión de caos y equilibrio hijo mío. Algún día lo comprenderás mejor.

Ese día, Diego no jugó en el parque, pero descubrió junto a los tres gatitos,  tres grandes valores dentro de él. Uno se llama COMPASIÓN, otro SOLIDARIDAD  y el otro RESPONSABILIDAD.

Hubo personas que expresaron su lástima por los tres gatitos, pero que jamás quisieron comprometer un minuto de sus vidas por ellos. En diferencia, para Diego encontrarlos, rescatarlos y cuidarlos fue una gran fortuna y una maravillosa lección de vida, pues los siguientes meses su convivencia con ellos le llenó de enseñanzas, amor y anécdotas que quedaron grabados para siempre su memoria y corazón. 

Los meses transcurrieron llenos de alegría, emoción y travesuras de Diego con sus tres gatitos, hasta el día en que enfermó Rayas. Poco tiempo después Manchas y por último Gary.  A pesar de haber invertido grandes sumas de dinero y de haber agotado todos los recursos en especialistas, estudios, medicinas y hospitales, todos nuestros esfuerzos y dedicación no pudieron ganar la batalla contra la leucemia felina, orillándonos a tomar decisiones difíciles en abril y mayo de 2013, cuando los tres contaban con apenas 7 meses de vida. Pero Diego siempre estuvo ahí… sin separarse de ninguno. A sus cinco años, con lágrimas en los ojos y en el alma, vio morir primero a Rayas. Luego a Manchas y días después a Gary. Siempre queriendo y sabiendo estar a su lado con valor.

Ese verano su corazón latió muy fuerte  y  Diego aprendió  en 7 meses  lo que muchas personas no aprenden en toda una vida. Y descubrió su valor y lo que le diferencia de otros.

Aprendió que la COMPASIÓN se acompaña de la SOLIDARIDAD e implica RESPONSABILIDAD y COMPROMISO, y nos mueve para actuar.

 A diferencia,  la  LÁSTIMA es un sentimiento completamente inútil, egoísta, mediocre y tirano. No mueve nada. No se esfuerza por nada. No se preocupa por nadie. No ofrece ni entrega nada. No se compromete. Solo se siente momentáneamente y después se relega al olvido. 

 Para nuestro hijo Diego Alejandro:

Con todo mi amor, orgulloso siempre de ser tu papá y agradecido por conocer que tu sabiduría y bondad siempre encontrarán la forma correcta para hacer de este mundo algo mejor.

 En memoria de nuestros queridos tres gatitos: RAYAS, MANCHAS y GARY, 

Siempre en nuestras memorias y corazones.

RAYAS. Siempre te recordaremos con gran amor.

Gary Baul 1 baja

GARY. Inseparable compañero de travesuras. Te amamos.

 

 

 

MANCHAS. Extrañamos tus travesuras.

MANCHAS. Jamás te olvidaremos.

Texto por Juan Carlos Poó Arenas

Anuncios