Campañas Publicitarias de Juan Carlos Poó Arenas

Campañas Publicitarias Gráficas 

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Los Secretos de la Publicidad. Intimidades de una perra en una agencia mexicana.

LOS SECRETOS DE LA PUBLICIDAD.

INTIMIDADES de una PERRA en una Agencia Publicitaria Mexicana.

05 de abril 2014 / Por Juan Carlos Poò Arenas

 Cuando visitaba las oficinas de Alazraki Network, esa agencia publicitaria tan evolutiva y reconocida en México, era inevitable para mí hacer  la pregunta obligada desde el ingreso de mi pie derecho a las instalaciones:

─Y La Raya …¿dónde está esa canija que no viene a saludarme?

 raya2    En ocasiones, mi entrada y salida pasaban inadvertidas para ella si estaba en sus quehaceres habituales. Sin embargo, cuando me veía se alborotaba un momento y después decidía, según su estado de ánimo, si la fiesta continuaba conmigo o prefería ir por una siesta, un cariño o un hueso cobijada bajo el escritorio de alguien. Como buena publicista la Raya no se salvaba del imperialismo de los temperamentos cambiantes, así que sin más, ella siempre decidía con quien y en donde estar, aunque más tarde cambiara de opinión.

     Y es que Guille, como algunos le decíamos a La Raya, tenía mucho de donde escoger y mucho para donde jalar. Estaba llena de amigos que la estimaban y amaban entrañablemente; que la consentían y que le aguantaban todo absolutamente todo.

     Claro, no faltaban los que decían  ─¡Usshhhh!, Huácala, un perro en la agencia─. Pero esos eran  de los que generalmente también todos se alejaban. O por lo menos los que sabían que el buen olfato se guía por el instinto de decisión y autoestima.

     Las anécdotas de La Raya siempre han sido mi fascinación, pues no es algo común conocer a una perra dentro de una agencia de publicidad. Bueno, sí es algo muy común …pero no me refiero a ese tipo de perras.

     La raya llegó a Alazraki si mal no recuerdo en el año 2001, cuando deambulaba por la calle de Copérnico y se metió a la que entonces era Alazraki Publicidad como diciendo “de aquí soy”. Y llegó para quedarse, por siempre.

     Durante los años que vivió, La Raya se convirtió en Doctora Honoris Causa dentro de un negocio como la publicidad que a veces ni los que estamos adentro conocemos bien. Ella podía identificar de un momento a otro a un mensajero mal encarado y lograr que dejara su paquete sin recibir propina al interponerse en su camino. La Raya también era capaz de decidir quien sí quien no cuando de entrar se trataba, lo que casi costó una demanda a la empresa al agredir por primera y única vez en su vida a quien consideraba non grato para el jefe.

     Campañas iban y venían;  se buscaban y se perdían;  y La Raya siempre impertérrita.  …Oh, quiero decir que le valía madres.

     Mientras los demás vivían en un inmisericorde estrés clínico, La Raya no se andaba con pendejadas. Para La Raya no existían compromisos sociales ni laborales; tampoco tenía  deudas hipotecarias ni acreedores bancarios; y tratándose de la Agencia, si las campañas publicitarias salían a tiempo o no, le valía verdaderamente madres.  Porque La Raya tomaba siempre lo mejor de la vida y basaba su calidad en tiempos  invertidos y no en tiempos llenados. Y la mejor inversión de vida para La Raya era, simplemente, disfrutarla.

     La Raya fue testigo de amoríos y seguramente de engaños también, de los que siempre, discreta y reservada,  guardó silencio hasta la muerte.

     Vio  ir y venir amigos sin poder despedirse en muchas ocasiones, lamentando en silencio partidas y espacios vacíos.

     Fue testigo de crecimientos y crisis. Fue cómplice de olvidos. Fue tierna con todos y jamás reclamó una oficina para ella sola, porque su sabiduría era inmensa y conocía que la verdadera alegría está en compartir espacios y por qué no, galletas, fritangas, pasteles, tortas  y cualquier golosina que pudiera masticar y empacar.

     La Raya era la única en toda la oficina que se consideraba con el derecho literal de cagarse a los clientes. Ejemplo de ello fue  entrar a la sala y defecar en una junta frente al jefe; pero ella era fina pues su preferencia eran los tapetes persas. No se andaba con mamadas. Desde luego al ser recriminada  y corrida seguramente pensaba …”pos qué, ¿no dicen estos pendejos que hay que romper las reglas?

 raya 4    La Raya en el sentido estricto  fue una perra de mundo pues aunque nunca viajó más allá de donde la llevaban sus narinas, nunca tuvo la necesidad de ostentar excéntricos viajes a Dubái o a Petra, ni tampoco la de presumir onerosos  shopping mall. No, para La Raya los límites del  mundo se encontraban donde aquella mano extendida prometía caricias; donde aquél plato de croquetas la esperaba en un rincón como el platillo más exquisito de Francia; donde su lecho la aguardaba por las noches como una noche estrellada sobre la arena de playas Mediterráneas; donde explorar la s instalaciones de su casa para encontrar novedades la emocionaban tanto como al más intrépido espeleólogo. Por eso La Raya era una perra de mundo. Porque su mundo era tan grande como el mismo universo donde ahora se encuentra.

     Yo nunca estuve ahí para verlo, pero mis oídos al tratarse de ella  siempre han estado atentos a conocer sus andares de aquí para allá dentro de la que más que una agencia de publicidad, fue su casa, y más que empleados y jefes, para ella fueron SU FAMILIA.

     Una familia bien integrada, con ciertas disfunciones como las que existen en todas nuestras familias pero familia al fin, siempre unida. Siempre luchando y superando los obstáculos. Siempre al pendiente de su pequeña Guille, La Raya.

     Aunque La Raya se apellidaba de origen Alazraki, no tenía credos ni religiones. Le daba igual compartir la torta con un judío que con un cristiano y jamás celebraba la Navidad ni el Rosh Hashaná.  Tal vez el único rito que ejercía con devoción era dar vueltas alrededor de su cama antes de echarse una pestaña.

     El jefe Carlos, su padre adoptivo, siempre procuró su bienestar y como buen padre siempre también le procuró confort y manutención. Sus hermanos Alex, Paty, Maru, Laura,  Nina, Memo Grandote, Liliana, Germàn, Ivàn, Lety, Ronald  y muchos más que no recuerdo y tal vez ni conozco pues no soy parte de esa familia a la que tanto admiro por su proceder con La Raya, siempre procuraron su bienestar con gran amor y empeño. Paseos, comida, compañía, cepillo, medicinas  y mucho, MUCHO AMOR. Cada nombre es importante para ella y para este escrito, así que por favor, aportar en comentarios.

     Los polis – de polis in perfect inglish-, siempre atentos a ella y a sus necesidades fisiológicas los fines de semana;  listos como siempre con su máscara anti gas y sus garrotes antimotines por si algún perro del vecindario se manifestaba y quería  cogerse …de los encantos de la raya. ¿Qué pensaron?

     La Raya siempre casta, por lo menos desde el día en que fue esterilizada, no tenía ojos para nadie excepto para todos aquellos que con solo mirarla le hacían imaginar que la vida es bella, aún dentro de una agencia de publicidad. Y sí, la vida era bella para La Raya.

     Tenía su propio médico de cabecera; cuando Laura y Maru salían de viaje le compraban souvenirs diferentes, ropa  y golosinas de perro gabacho.

     Sus facetas en 14 años dentro de esa gran casa, fueron muchas, por lo que podría suponerse que se reinventaba diariamente y elegía su propio andar. A veces andaba algo apendejada y parecía trainee; cuando andaba encabronada parecía ejecutiva de cuentas;  si quería  ser melosa  parecía  recepcionista;  en ocasiones cuando rascaba su cama parecía diseñadora gráfica;  y si de hacer desmadres se trataba, la creatividad era su fuerte.

     A La Raya le valían madres los títulos nobiliarios. Para ella un CEO era un pinche almuerzo de croquetas con carne. Un Director era un wey que la regañaba y decía lo que no debía hacer sin darle jamás explicaciones. Por lo mismo, la cocinera, en su estándar jerárquico, ocupaba el puesto más alto dentro de una organización. Y para ser honestos, ni quien deba dudarlo.

     Si la Raya deseaba arrullarse con laaaaaaaargas e interminables conversaciones y llamadas telefónicas, sabía que la oficina de Paty era el lugar ideal. Si quería arrumacos se dirigía al sector VIP. Si quería aburrirse con muchos cuentos se dirigía al departamento de contabilidad. Como lo dije: La Raya siempre sabía a donde y con quien jalar.

     Sus cortes de cabello (porque ella pensaba que era cabello) la hacían en ocasiones parecer modelo de comercial populachero. A veces rasta (solo una trenza en la cabeza), a veces mohicana (lo cual derivó en su nombre de La Raya). El paliacate le daba siempre un toque especial. La Raya era coqueta, y cuando le decían coqueta creía que era croqueta. (Es un chiste de perros).

     Su mirada era pispireta y su lengua babosa, como la de todos los perros. Nada especial.

     Su cola se meneaba siempre y nunca se veía triste. Tal vez ahuevonada, pero nunca triste.

     Yo nunca trabajé ahí. Pero conocí a La Raya mucho más que algunos que pasaron años junto a ella sin mirarla. Tal vez sentían vergüenza de sí mismos. Algún fin de semana o puente la llegué a pasear y ella a mí por las calles de la Anzures.  Le di huesos, cariños, apapachos  y hasta besos. Pensaba en ella como ahora. Por eso La Raya también forma parte integral de mi familia.

     Esa era la Raya. Una perra chingona. Con un papá chingón y una familia de hermanos chingona, a la que valiéndoles madres el mundo, decidieron adoptar en una agencia de publicidad. Felicidades Alazraki por haber tenido esta perrita tan, pero tan especial.

     Guille Alazraki, La Raya, al ser tan amada tenía más de un apellido. Por eso su testamento nunca fue notariado.  Pero en su inmenso legado, nos deja en principio, un hueco vacío. Un suspiro en la noche y un testigo divino; un hueso sin roer, que tendremos que  aprender a masticar; nos deja un amanecer cada día; nos deja amigos y nos deja su propia sabiduría. Todo en la vida era de Guille, La Raya, y ahora nos pertenece. De benefactores, su partida nos convierte en beneficiarios. De nosotros depende sacar partido a su gran legado.

     Ahora, sin lutos ni pesares. Porque los lutos son para los muertos, y quien haya amado a La Raya sabe que mientras viva en la memoria, jamás por completo se habrá ido. Nos toca a nosotros, al igual que a ella en muchas ocasiones, sentir en silencio su espacio vacío.

     Ahora y desde el sábado 5 de abril, cuando visitemos la agencia pondremos más atención, y yo seguiré preguntando:

─Y La Raya …¿dónde está esa canija que no viene a saludarme?

     Tal vez con algo de suerte, la sienta junto a mí.

     Con mucho cariño para La Raya y para ustedes que la quisieron y quieren tanto.

La Raya

La Raya

RÉQUIEM para LA RAYA.

Descansa en Paz.

Juan Carlos Poó Arenas

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