1996. TAMPAX. Una experiencia publicitaria de Juan Carlos Poó Arenas.

Del ANECDOTARIO de Juan Carlos Poó Arenas

21 de septiembre de 2016 / Ciudad de México

varias010-baja-4-encuadre-2-10x10cm                  Esta foto fue tomada cuando hacíamos una sesión fotográfica y grabábamos un comercial  para TAMPAX, allá en 1996. Aparecemos  a la derecha Jorge Eduardo García -Director de Mercadotecnia-, al centro Samara Garduño -una de las modelos-, en inferior derecha la maquillista (no recuerdo su nombre) y yo (tampoco recuerdo mi nombre) en  la parte superior izquierda.

     Para 1996 (hace solo 20 años), como Director Creativo llevé la publicidad de TAMPAX en México, para la Agencia Imagia Creativa, encargada de manejar la publicidad, mercadotecnia, demostración y ventas de esta marca. No fue nada fácil, asumiendo que en aquellos días los tabús y mojigaterías sociales aunadas a las políticas cuadradas de la marca,  impedían un desenvolvimiento creativo personal en pos de lo vanguardista y propositivo, a su vez encaminado a nuevos y más abiertos enfoques. Por ello, toda la publicidad debía estar basada en la propia experiencia de la marca que caía una y otra vez en la sobriedad, los estereotipos ya aceptados y dirigidos a una aparente sociedad conservadora y las paráfrasis de textos e ideas tan rebuscados como redundantes, vacíos y ambiguos, que caían una y otra vez en no llamar a las cosas por su nombre y nos obligaban a emplear eufemismos absurdos. Así, a la sangre le teníamos que decir “flujo”; a la menstruación “esos días”; a la vagina “parte íntima”. Y para decir que al usarlos no se perdía la virginidad, debíamos limitarnos a decir “no pasa nada”.

Así pues, como buen creativo irreverente a ideas viejas y mentalidades cuadradas, mi intención era –y sigue siendo-  romper las reglas. Sin embargo, con TAMPAX en 1996 fue imposible romperlas y solo pudimos hacer lo mismo que el producto… contenerlas,  pues la publicidad de tampones debía ser tan discreta como el empleo de los mismos. Desde luego, la palabra “regla”, también estaba prohibida.

 Así, mientras a mí me hubiese gustado hacer anuncios atrevidos durante esos días del mes tuve que contener muchas ideas para hacer que nuestros clientes sintieran como que no pasa nada, y mi jefe –el buen Jorge Eduardo García, Director de la Agencia-  con palabras sabias me decía que sumayor comodidad se encontraba en que yo pusiera atención y empeño en  la absorbencia de las políticas de la marca y seguir sus lineamientos al pie de la letra, con lo que nuestra Agencia Publicitaria podría continuar contando con la fidelidad de nuestros clientes por mucho más tiempo”, su beneficios económicos, perfectos para traer en el bolso discretamente, y su “protección en esos días difíciles”. De esta manera, no sangrábamos nuestra cartera de clientes ni nuestra relación con ellos y podíamos hacer ante las crisis como que no pasa nada. Por todo ello puedo afirmar con orgullo que como buen publicista, para experimentar la creatividad  “con libertad” me ponía un tampón en mi ingenio para obtener la experiencia de marca y publicitar el producto con fidelidad y confianza hacia él.

Para 1997, nos vino la menopausia empresarial y nos la pelamos con TAMPAX, pues Procter & Gamble (P&G) –emporio multinacional- compró la marca y literalmente nos dio “el reglazo”, pues adjudicó la cuenta publicitaria a su enorme Agencia transnacional, aquella de cuyo nombre no quiero acordarme. No obstante, a partir de esa despedida obligada,  nuestra Agencia se hizo la OVH con los productos femeninos  y se abocó a la búsqueda y prospección de nuevos clientes, algunos de productos de consumo, pero en su mayoría del sector turismo, y en poco tiempo  creció como espuma en un jacuzzi. Pero esa es ya otra historia.

Hoy, revisando algunos cuadernos de apuntes creativos de aquella época, me encuentro con ideas algo tontas y alocadas como estas, para la marca  TAMPAX:

IDEA 1

Dibujo Plano 1. Una cavernícola desesperada, vestida con atuendo de leopardo y cabello largo y desaliñado,  dando golpes a su esposo cavernícola con un mazo en la cabeza iracunda (por estar menstruando). 

Dibujo Plano 2. Esposo cavernícola ofreciendo a su esposa como tributo un tampón hecho con pelo de mamut.

Dibujo Plano 3. Esposos cavernícolas abrazados con leyenda “Con TAMPAX… No pasa nada”.

IDEA 2

Imagen de una regla regla midiendo un tampón. Leyenda: “Los beneficios ocultos siempre y por mucho, serán mayores que su pequeño tamaño aparente”.

IDEA 3

Fotografía Plano 1. Primer plano de una muñeca de porcelana con cara de malvada (tipo muñeca embrujada) sentada de frente con el vestido sucio,  los ojos desorbitados y el rostro desfigurado de ira. (Tipo Chuckie)

Fotografía Plano 2. Primer plano de una muñeca de porcelana con el vestido inmaculado, cara angelical y sonrisa dulce. Leyenda: “Con TAMPAX… No pasa nada”.

IDEA 4

Fotografía Plano 1. Big Close Up de un ojo femenino con pupila altamente dilatada y  ojos rojos con lágrimas.

Fotografía Plano 2. Big Close Up de un ojo femenino con pupila relajada. Leyenda “Con TAMPAX… No pasa nada”.

Estas solo son las cuatro primeras anotadas de otras 50 ó 60, pero no son las mejores, pues apenas comenzaba a calentar la cabeza y las ideas. Pero esas y las otras, se quedan en el baúl de lo que pudo ser y no fue.

juancarlospoo-tampax1996-1bajaAsí era la publicidad para los creativos. No siempre nos salimos con la nuestra.  Sin embargo, aprendemos los motivos por los que no siempre un cliente inteligente aprueba ideas inteligentes. Hay mucho en juego y una marca no se juega su reputación tan fácilmente. Y como publicistas, la obligación siempre debe ser para la marca y no para los egos personales. Tal vez por ello y después de tantos años como creativo y asesor para otros, decidí trabajar para mi propia marca. Así, cuando uno de mis yos se endurece y se quiere portar cuadrado y mamón, el otro se porta  algo flexible y le da atención al ego pasional. Y así los tengo contentos a ambos por el bien de mi marca.

De 1996 a hoy, la sociedad ha cambiado drásticamente pero la comunicación masiva y la publicidad siguen atendiendo a sus propios intereses. Así, en el siglo XXI (hoy 2016) –fecha espacial 5474.5 bitácora del capitán Poó-, mientras la publicidad y los medios en general están repletos de libertinajes y obsesivos permisos para los excesos, también se encuentran llenos de hipócrita mojigatería censurante, haciendo que las palabras “lesbiana”, “bisexual”, “transexual” “placer”, “sexo”, “sexualidad”, “sexo oral”,  “preferencia sexual” y “aborto”, sean más comunes y menos fuertes para las niñas y  adolescentes que las palabras “regla” y  “menstruación”, y se les invita y orienta más al empleo de “condones” de todos colores y sabores que a prevenir la conservación temprana de la “virginidad”.  Por eso tantas niñas pequeñas y adolescentes embarazadas se han convertido en un problema de salud pública en México y otros países.

Así que mientras la ridícula censura de unos propicia la ostentosa libertad de otros, recordemos que:

“Con TAMPAX …No pasa nada”

Juan Carlos Poó Arenas

 

 

EL BUEN MEXICANO

¿QUÉ ES SER UN BUEN MEXICANO?

15 de septiembre 2016 /  Por Juan Carlos Poó Arenas

licencia-papa-1965-bajaHoy me encontraba revisando con nostalgia algunos de los tesoros de mi padre con los que me quedé cuando él falleció en 2011 y me detuve un rato en esta, su licencia de conducir de 1965, que me recordó una anécdota muy para estas fechas septembrinas sobre la idiosincrasia de algunos mexicanos.

Hace unos cuarenta  años, por allá en los 70´s, mi papá –en aquél entonces con 45 de edad- discutía con un agente de tránsito que lo detuvo injustamente alegando que se había pasado una luz roja. Intentó extorsionar a mi papá amenazando con multarlo en caso de no arreglarse in situ esperando que papá por evitar el pago de esta respondiera con un soborno. Sin embargo, mi papá se negó a ofrecerle ni un centavo al corrupto oficial de tránsito y lo invitó a remitirlo ante el tribunal correspondiente, negándose a presentar ningún documento por tratarse de una estafa, Ante tal situación, como mi padre no se dejó apantallar  y a sabiendas de que esto representaría encarar la acusación de mi padre ante autoridades superiores y la pérdida de tiempo que esto le representaría para realizar otras extorsiones, el oficial optó por dejar tranquilo a papá, no sin antes decirle:

̶  ¡Uuujule patrón!… Usted se siente mucho porque es güero y de ojo azul. Se la voy a dejar pasar por hoy, pero mejor ya regrésese a su país, porque aquí ustedes ya no mandan.

Cuando llegó a casa, papá nos comentó lo sucedido y muy molesto nos dijo:

̶  Este tipo de personas siguen creyendo que los de ojos azules no somos mexicanos, cuando en realidad somos más mexicanos y mejores mexicanos que ellos. Además, están tan acomplejados con ese sentimiento de inferioridad que nos siguen llamando “patrones” como si fuéramos sus jefes. Y para colmo, todavía me dejó ir como si me estuviera haciendo un favor…

Supongo que mi papá debió haber rematado la frase con un sonoro y sentido  “… ¡Pendejo!” Y si no, que me disculpe. Tal vez al escuchar su narración mi mente completó la idea de papá. Bien, entonces como si lo hubiera dicho. Posteriormente se acercó a un espejo, se observó la cara con detenimiento de arriba abajo y se preguntó a sí mismo:

– ¿Güero?… ¿Acaso soy güero?

En ese entonces yo tenía 15 años. Hoy en día, las cosas no han cambiado nadita de nada.

Mucha gente, sobre todo en ciertas zonas y lugares como mercados, pueblos, barrios y transportes públicos, incluso dentro de la ciudad, aún  me observan como bicho raro y otros ya en confianza me preguntan ¿Y usted de dónde es? Claro, por supuesto no me molesta pues me confieso güero y de ojos azules y es natural que exista quien se pregunte de dónde proviene mi raza.

Lo que verdaderamente me molesta e incomoda es que haya quienes se atrevan a inferir mi nacionalidad y cuando me acerco a un puesto de mercado me ofrezcan un reloj con la bandera británica diciendo “…mire, este tiene la bandera de su país”, o me pregunten en un taxi aludiendo a las olimpiadas “…¿y cómo le fue a sus compatriotas alemanes”, o me pregunten confundidos sobre el color de mis ojos y al responderles que azules me digan “…uyyy, qué presumido”.

No falta quien me comente antes de conocerme que “también tiene un sobrino, nieto, primo o tío de ojos claros y güero”, como intentando introducir la conversación mediante la identificación racial, presuponiendo que le doy mucha importancia a esas idioteces y denotando un evidente, centenariamente heredado y tradicionalmente asumido complejo de inferioridad y menosprecio hacia sus propios y valiosos rasgos étnicos.

Debo confesar que el color de mis ojos, la tez blanca y el cabello tempranamente rubio y posterior castaño claro -aunado a mi personalidad y actitud quiero suponer-, me ha abierto las puertas en infinidad de ocasiones aquí en México, pero también me las ha cerrado, pues el racismo y el clasismo siempre van en dos direcciones.

Por ejemplo, me corrieron alguna vez de Televisa (de las dos veces que me corrieron de ahí) por mi falta de sumisión y obediencia a políticas con las que no comulgaba. Uno de mis jefes directos, al mandarme derechito a la chingada, suavizó la despedida con estas palabras:

̶  Ni te preocupes JC, las puertas se te van a abrir en cualquier lado. Eres güerito, galán, de ojo azul, simpático. Pero no intentes cambiarlo todo porque a muchos que llevan haciendo su chamba de una forma después de tantos años no les caes bien. Tú sabes. Hay muchos productores y directores que no te quieren aquí. Les quieres cambiar una forma de pensar que pues, ya no se puede. Mejor para tu siguiente chamba adáptate a las normas. Y no te lleves de a cuartos con la chava que le gusta al que paga porque ahí se te reviran esas virtudes y eso sí está cañón. Se buena onda pero no tanto. Te va a ir bien”  ̶  me dijo, y como a las palomitas para que solitas se vayan a la chingada, me hizo “¡Ashoshó!

Y sí,  me fue muy bien. Un día, aplicó la ley del subibaja y les tocó irse a ellos. Fue cuando me llamaron de nuevo que me acordé de mis ojos, de mi cabello güero  pero sobre todo de las palomitas…  y les dije “ni maiz”.

Ejemplos de lo bien y mal que me ha ido por mis ojitos en México hay muchos. En los 70´s, 80´s y parte de 90´s los modelos güeros dominaban en la publicidad. O sea yo era un estereotipo (lo digo con sarcasm). Más tarde, cuando los anunciantes y publicistas se dieron cuenta que sus mercados no eran solo güeros, dejaron de ponerlos como ideal aspiracional y comenzaron a contratar más latinos. O sea dejé de estar de moda y las chavas se inclinaban más por los morenos de fuego que por los pambazos. Los machos alfa latinos ya no te veían con tanta rivalidad. Algunos empleadores me contrataban por mi talento y otros por mi presencia, de acuerdo a sus necesidades y de acuerdo a las mías. Si se trataba de ver clientes iba yo por delante. El estereotipo del conquistador prevalecía y se hacía más latente cuando los complejos afloraban. Pero también el instinto independiente (ese de la Independencia de México de casi nadie sabe de quien se independizó) afloraba y entonces yo era un usurpador. En fin.

Como cualquier ser humano en etapa de desarrollo, confieso que antes de asumir una personalidad propia, quería parecerme a otros.

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A los 7 años mi mayor sueño era ser como Pedro Infante (TODAVÍA) y aunque él era moreno y yo güero, en mis fantasías YO ERA PEDRO INFANTE.

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Luego, como a los 10 años, YO ERA TARZÁN, como Ron Ely. Y aunque él medía más de 2 metros y yo menos del uno y medio, éramos güeros y de ojitos azules. Y gritábamos igual. Y nos gustaban los animales. Él andaba desnudo por la selva y yo por la casa.

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De los 11 a los 13 era JIM WEST (Robert Conrad). Medíamos más o menos lo mismo, éramos intrépidos, inteligentes, seductores (yo pensaba eso aunque jamás había besado a una niña) y yo quería tener un cuerpo tan atlético como él.

Luego, ya de adolescente fui mis cantantes favoritos. Gino Vannelli, Andy Gibb, Glen Campbell, Barry Manilow, Peter Frampton. Quería ser todos y lo logré. En mi cabeza siempre interpreté diferentes personajes. Y aún hoy en día lo hago a través de mis fotos. Es algo con lo que vivo. Es parte inherente en mí y del desfogue de mis pensamientos; algo de mi obsesiva compulsividad creativa. Sin embargo, a diferencia de antes, hoy no soy ellos, pues hace mucho tiempo descubrí que puedo jugar con diferentes personalidades como disfraces, pero a través de una sola y propia  identidad.

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Juan Carlos Poó / Autorretrato / sept. 2016

Los cambios que experimenté antes de asumir y poseer identidad propia, son normales. Pero se dan en una etapa de la vida en la que el autoconocimiento se adquiere a través de la experiencia. Y es normal que esos cambios se den también en una nación. Lo que no es normal es que la primera etapa de imitación persista y no llegue el encuentro de la identidad. Porque la identidad no es el pasado, como intentan embutirnos en los libros de texto. La identidad se da en el presente.

Sin embargo, infortunadamente el imaginario colectivo de muchos mexicanos les hace asumirse como conquistados pero independientes. Como independientes pero globalizados. Como globalizados pero alienados (y más con la promesa del muro de Trump). Y al estar alienados, se asumen como entes solitarios en compañía obligada que deben a toda costa defender sus raíces, historia, costumbres, creencias y tradiciones  aunque desconozcan de donde derivan estas. Por eso el grito les importa como festejo y no como reclamo. Porque reclamar es desconocerse como lo que otros han querido que se vean. Por eso es mejor mentarle la madre al imbécil de Trump que hacer un voto de silencio tendiente al reencuentro presente de una identidad perdida en el pasado. Por eso piensan que ser mexicano es chingón, aun cuando estemos jodidos y aun cuando en realidad hay de mexicanos a mexicanos.

Ser güero de ojo claro te abre y te cierra las puertas en un país cuya gente está acostumbrada a notar y marcar las diferencias, pero también acostumbrada a basar su autoestima en la dualidad conquista-independencia. Porque muchos mexicanos se sienten conquistados pero a la vez independientes. Y su baja autoestima les hace festejar por el pasado y no luchar por el presente. Les hace quejarse pero no reclamar. Les hace manotear pero no exigir que las cosas cambien y mejoren de una vez por todas. Chillar y gritar. Esa es la historia de muchos mexicanos.

Así pues, en muchos lados la poca autoestima étnica de muchos “mexicones” (sí, inventé la palabra “mexicones”) se hace presente a través de un comportamiento social que yo llamo pasivo agresivo positivo  en unos casos; en otros pasivo agresivo negativo, en otros solo pasivo y en otros agresivo activo.

Por eso para muchos es el ¡VIVA MÉXICO CABRONES!, mientras para otros es …¡VIVA MÉXICO PATRONES!

Pero ser mexicano no es ser buen mexicano, como expresé anteriormente.

Ser buen mexicano es no tirar basura ni en la calle, ni en el rancho, ni en el río, ni en el lago, ni en el mar, ni en el campo o la selva.

Ser buen mexicano es no ser corrupto ni corromper. Ni tampoco aceptar la corrupción de los que corrompen o de los corruptos.

Ser buen mexicano es hacer algo por tu entorno ambiental. Sembrar un árbol, una planta, regar lo que no es tuyo. Alimentar un ave. Recoger la basura que no es tuya. Influir a los demás de manera positiva.

Ser buen mexicano es no contaminar. Ni con tu auto, ni tu camión, ni tu motocicleta. Ni con pirotecnia. Ni con ruido.

Ser buen mexicano es saludar a tus vecinos. Respetar a los demás. Dialogar con ellos. Escucharlos también.  Sonreir a la gente.

Ser buen mexicano es importarte más por un ser sin hogar que por el ganador del partido de futbol.

Ser buen mexicano es no festejar cuando la desgracia atiende a otros y también te carga a ti.

Ser buen mexicano es actuar para mejorar las cosas y no esperar que otros lo hagan.

Ser buen mexicano es hacer algo por alguien que no seas tú o tu familia. Por un perro, un pordiosero, un niño sin casa.

Ser buen mexicano es amar a tu familia y ser fiel a ellos, y no andar de cabrón o cabrona derramando la riqueza que a ellos corresponde en excesos y desmadres.

Ser buen mexicano es valorar y apreciar a las personas por lo que son y por lo que hacen, y no discriminarlas por su raza, color, religión, preferencia sexual o ideología.

Ser buen mexicano es no permitir tiranías de nadie. Proteger a los débiles y derribar a los infames.

Ser buen mexicano es enseñar y orientar siempre a tus hijos hacia el respeto por los demás, por la demás gente, sea de la nacionalidad que sea; hacia el respeto y buen trato a los animales; hacia el respeto y cuidado del medio ambiente; hacia el respeto por la naturaleza; y hacerles ver que respetar todo ello es la base para el respeto por sí mismo y respetarse a sí mismo es respetar también lo demás. Uno depende del otro.

Así, ser mexicano es solo una cosa. Pero, SER BUEN MEXICANO son muchas cosas a la vez.

JuanCarlosPoó-Bandera1APor eso, cuando veas el color de mis ojos, o de mi piel o cabello, no preguntes si soy mexicano. Mejor pregúntame si soy un buen mexicano.

Y a pesar de que no soy perfecto y cometo y seguiré cometiendo miles de errores –diferentes porque cometer el mismo es de pendejos-, te diré:

Soy    Juan Carlos Poó Arenas    UN BUEN MEXICANO.

Y si queremos que Viva México …¡HAGÁMOSLO VIVIR!

Carta póstuma a mi querido maestro de la infancia, Don Luis Solíz Castillo, a un día de su partida.

Ciudad de México,  a 16 de Agosto de 2016.

Querido maestro, Don Luis Solíz Castillo:

Colage Escolar La Salle 1 bajaLos primeros 9 años de mi etapa escolar siempre estarán llenos de los más gratos recuerdos y anécdotas, en gran medida habitados por usted.

Sus consejos y apoyo forjaron mis primeras figuras de autoridad y respeto (con las de mis padres) y junto con los de otros extraordinarios guías, como el Sr. Enrique Cepeda, mi profesor de 4o. grado que motivó y acompañó mis primeros pasos al éxito del mérito logrado por el esfuerzo y dedicación con ese inolvidable concurso de poesía que redundaría en mi aplicación para conducir el noticiario de televisión; el Sr. Fabila, extraordinario directivo cuyos jalones de patilla aún recuerdo con gran cariño llevando mis manos aún a esa zona junto a la mejilla; la Miss Coss, quien acompañó mis pasos por segundo de primaria con ese cariño de abuelita y que me llamó la atención con gran seriedad cuando corrí el rumor de que el amor y la minifalda de la miss Jenny de matemáticas me pertenecía solo a mí pues en mi imaginación era mi novia  (y que acabó casándose años después y para desgracia mía con el productor del mismo noticiero infantil de televisión, Miguel Barragán); mi maravilloso maestro de Español y amigo Carlos de Elias quien a fuerza de joder criticando las muletillas como de costumbre y exposición grupal me enseñó los primeros arranques en la oratoria y la poesía; el Profesor Macario Rodríguez quien repetía la palabra “casualmente” tantas veces como nos hacía repetir las lecciones mal aprendidas; el profesor de Historia, Sr. Galván quien nos inculcó con esmero el entusiasmo en el desarrollo de maquetas y las visitas constantes al Museo de Antropología. O el Sr. Alarcón, quien en tercero de primaria guió mi aprendizaje. Cómo no recordar todo ello. Cómo nó recordarlos a todos. Cómo no hacerlo, al recordarlo a usted.

Vivió en la época en la que los profesores eran llamados meritoriamente maestros y no solo como sobrenombre; una época en que los maestros no temían a los padres de sus alumnos. Un tiempo en el que no pesaba más una amenaza de demanda por padres intolerantes que una reprimenda a tiempo hacia el alumno. Esa época en la que el mayor miedo de los buenos maestros era descuidar el buen cauce de sus alumnos hacia el camino correcto. Vivió y nos dio a crecer la época en la que los alumnos importaban más que las plazas. La época en la que el consejo a un niño ajeno era más importante que la indolencia y el desinterés. Los días en que ese niño ajeno era apoyado como a uno propio. La época en la que ser maestro era cuestión de tiempo completo y no de cubrir horarios.
Vivió en esos tiempos en los que los niños crecíamos con ejemplos de disciplina, entereza, principios y voluntad. Vivió esa época en la que los maestros creían y se esforzaban por ser esos ejemplos de disciplina, entereza, principios y voluntad.

Vivió esa época, porque usted y otros como usted la forjaron.

Usted vivió diabluras; botes de basura quemados en el patio. Bromas de estudiantes. De jóvenes y niños. Primero varones; eramos unos salvajes, la época que tocó a mi infancia. Luego, la carga se adicionó con mujercitas. No quiero siquiera imaginar la lata que le dieron unos y otros. Pero sí imagino su siempre templanza y firmeza y esa rigidez asumida por su investidura que disfrazaba su nobleza y bondad.

¡Ahhh! Sr. Solíz. Siempre tan propio. Siempre tan firme. Siempre tan entregado.

Imposible sería decir que conocí al hombre porque conocí al maestro, pero en el maestro descubrí una de las facetas más importantes del hombre.

La imagen residual que queda de usted en mi memoria es cuando tenía 33. Yo tenía algo así como 10 u 11. Aunque lo conocí desde mis 8. Por ello siempre usted será joven en mi memoria, aunque tal vez menos de como lo es usted nuevamente ahora.

Quien hoy como profesor y guía se esmere como usted y otros que lo hicieron conmigo, aseguro será uno de los tesoros más grandes de cualquier niño o niña, y con valores bien cimentados de principio, el futuro tal vez resulte más alentador.

Desconozco cuál fue el camino y sentir de su partida. Ese es único para cada uno de nosotros. Solo lamento no haber estrechado nuevamente su mano, brindarle un abrazo y desearle de boca a corazón ese buen viaje que ahora le deseo y que seguramente ha alcanzado en la infinita sabiduría de este Universo al que pertenecemos, en el que seguramente permaneceremos unidos y donde seguramente nos reencontraremos nuevamente cara a cara, espíritu a espíritu.

Hoy, dejó de tener el solo término de maestro y al hablar de usted, lo referiré siempre como mi amigo.

Sr. Solíz, queda usted presente hasta la muerte propia en mi memoria y en mi corazón, como uno de los pilares fundamentales de mi desarrollo como hombre y como ser humano.

Envío un beso a su familia. Y otro que no tuve oportunidad de dar para usted.

Gracias, amigo.

Juan Carlos Poó Arenas